quarta-feira, 6 de janeiro de 2010

Una llama que nunca se apaga

El día de la Epifanía del Señor, fiesta en la que la Iglesia Católica celebra la manifestación de Jesús, se celebra el día de Reyes. Aquellos magos -es lo único que dicen las escrituras sobre ellos- que no se saben si eran tres y, ni mucho menos, si eran reyes, acudieron al portal a rendir tributo al redentor: oro, incienso y mirra para enaltecer al altísimo. Aunque la Biblia diga que los magos se dejaron guiar por una estrella, la historia del cine se ha encargado de desmitificar la supuesta sabiduría de los reyes con esa ya mítica escena de los adoradores entregando sus preseas a la madre de Brian.

Pero la tradición no entiende de documentos. Los magos, indefinidos en número y cargo, fueron añadiendo detalles a su existencia. Fueron tres, fueron reyes, llevaron regalos al Señor y hoy, 2010 años más tarde aparecen cada 6 de enero para dejar la ilusión junto a los zapatos de los más pequeños. Pero no sólo los más pequeños recogen la alegría de este día.

La ilusión es una llama que nunca se apaga. Sobrevive a los vientos de la adolescencia y la pubertar que pretenden acabar con ella, pero no se apaga, cuando paran esos aires vuelve a erguirse con unos potentes tonos azules y amarillos que hacen que la luz ciegue y condene a los sentimientos negativos. El día de Reyes regala momentos impagables, a las consabidas sonrisas de los pequeños hay que añadir la fascinación de los mayores que reciben inesperadas sorpresas. Sin duda, para estos la mañana de Reyes es un trasunto de la más inocente infancia.

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