segunda-feira, 4 de janeiro de 2010

La torre más pequeña del mundo

Por ÁL

Leo esta mañana que en Dubai acaban de inaugurar el rascacielos más alto del mundo. Mide 818 metros, tiene 160 plantas y es visible a 95 kilómetros de distancia. Pienso en una analogía con el hombre y en su empeño por llegar siempre lo más lejos posible. Recuerdo entonces al chaval que fui, el que alentado por su gente cercana soñaba con alcanzar sus propósitos más ambiciosos.

Pasada aquella fiebre rebelde de la veintena no dudo en la nobleza de aquellos objetivos, pero sí en la de los instrumentos que elegí para tratar de cumplirlos. La inconsciencia de la juventud quizá me impulsó a tomar algunas decisiones de las que ahora soy más consciente. Analizadas y comparadas, sé que no me equivoqué aunque no me fueran bien las cosas en ningún apartado y mi diario pareciera escrito por la propia Ana Frank.

Superado lo malo llegué a sentirme más fuerte y me enroqué en una negativa a expresar emociones que llegué a cumplir a rajatabla hasta hace unos días. Rodeado de amigos más preocupados por cuidar a sus hijos que por el sitio en el que se emborracharán el próximo sábado pude pensar en que he perdido mucho tiempo. No lo hice.


Alcanzada la treintena he comprendido mi inmadurez actual. Me he sorprendido en una sublevación como las de antaño, obcecado de nuevo en un objetivo ambicioso: dejar que el mundo crezca para así sentirme más pequeño. Qué feliz confundido en el mismo pelotón en el que decenas de amigos desfilan cada día a la espera de una sentencia o seguir caminando al paso de que lo que tenga que ser, será.

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